13 de noviembre de 2017

Nadie compra una página en blanco

La reflexión de hoy nace de esta noticia

Reuters

French, British authorities investigate Formula One sale to Liberty Media

Otoño de 2017

Escalinata de un Palacio de Justicia con abogados, cámaras y periodistas, y en primer plano un hombre de espaldas con una carpeta negra bajo el brazo

En otoño de 2017, las autoridades francesas y británicas abrieron una investigación sobre la venta de la Fórmula 1 a Liberty Media. El foco de la investigación era un acuerdo que había pasado desapercibido durante años: la FIA, el organismo regulador del deporte, poseía un 1% de las acciones de la F1 desde 2013. Esa participación, comprada por unos 500.000 dólares, se vendió a Liberty por 80 millones cuando la compra se cerró en enero de 2017.

La diferencia entre el precio de compra y el de venta —79,5 millones de dólares— no es la cuestión. La cuestión es que la FIA, como regulador, debía aprobar la venta de la F1. Y al mismo tiempo, se beneficiaba económicamente de esa venta.

Liberty Media llegó a la Fórmula 1 con un discurso de modernidad y transparencia. Prometió abrir el deporte, democratizar el acceso, profesionalizar la gestión. Pero al llegar, se encontró con un entramado legal y financiero que no habían construido ellos. Un legado de acuerdos opacos, contratos heredados y estructuras que no se deshacen con una pizarra y una promesa.

La investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos y del Parquet Nacional Financier de Francia revelaba algo que los nuevos propietarios preferirían no tener que explicar: la F1 que habían comprado no era solo un deporte global. Era un sistema de acuerdos históricos. Y esos acuerdos, aunque incómodos, tenían la fuerza de la ley.

Bernie Ecclestone declaró que «pasaron muchas cosas en la negociación que si uno lo mira no puede entenderlo por qué sucedieron». Esa frase resume el problema. Hay acuerdos que solo tienen sentido para quienes los firmaron. Para quien llega después, son una herencia que pesa.

La FIA defendió su actuación y declaró estar «lista para cooperar». Pero la cooperación no deshace el hecho: durante años, el regulador del deporte fue también un accionista con incentivos económicos alineados con la venta del activo que regulaba.

Liberty quería ser un propietario distinto. Pero heredaron una estructura que los obligaba a ser, al menos durante un tiempo, el mismo que los anteriores. La modernidad prometida chocaba con la realidad de los contratos firmados, los derechos adquiridos y los intereses establecidos.

Esta investigación no era una acusación de ilegalidad. Era una advertencia: cambiar la cultura de una organización exige más que una nueva dirección. Exige deshacer lo que otros construyeron. Y eso lleva tiempo.

«Quien llega nuevo puede prometer transparencia, y los contratos heredados permanecen.»

En las negociaciones, el legado del pasado siempre tiene peso. Liberty estaba aprendiendo que la herencia de Bernie no era solo una forma de dirigir el negocio. Era también una forma de atar el futuro.

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